1
La magia de contar
"Los verdaderos alquimistas no transforman plomo en oro, sino el mundo en palabras." — WILLIAM H. GASS
La escritura me ha definido, es el marco que encuadra mis experiencias, es el lente a través del cual examino mi presencia en el mundo. Considerando esto, decidí posponer otros proyectos que tengo pendientes y empezar a reflexionar sobre la naturaleza de mi trabajo. Mis libros son mi única contribución; cada uno es una ofrenda que preparo con gran cuidado, con la esperanza de que sea bien recibida. Por eso, al acercarme al final de mi vida, me parece importante escribir sobre… escribir. Este propósito no es difícil, pero extraer conclusiones universales lo es. Sin embargo, me han pedido que este libro no sea solamente una crónica de mi camino en la escritura, sino que comparta también lo que he aprendido para ayudar a otros. De modo que esta es una invitación a examinar el oficio al cual le he dedicado mi vida. Algunos lectores pueden estar interesados en la literatura en general, otros pueden desear algún consejo. Espero que los primeros se entretengan con mis aventuras literarias y que los segundos le pierdan el miedo a la pantalla en blanco y permitan que el placer de contar alimente su inspiración.
La literatura es mágica: armar una historia es un proceso misterioso, orgánico, instintivo. Al escribir entro en la dimensión de los sueños, la intuición, las premoniciones; debo rendirme y dejar que los personajes hagan lo que tienen que hacer y que la historia se cuente a sí misma. Paso la mayor parte de mi tiempo sola y en silencio, como un monje en su celda. Escribir es como meditar. En la soledad recuerdo, escucho voces, tengo visiones. Mientras más callada estoy, más oigo y más veo. En el silencio de la escritura a veces me visitan espíritus -¿o serán las musas?-. Lo siento como un roce en la nuca. Al escribir me transformo en médium.
Desde mi primer libro tuve la suerte de contar con una madre que leía mis páginas. Era una crítica muy exigente y pertenecía a una generación que practicaba el arte de escribir con hermosa caligrafía, con gramática y ortografía correctas, con un lenguaje elevado. Ella y yo nos enviamos cartas a diario durante la mayor parte de nuestras vidas. Muchas de sus cartas constan de seis o más páginas escritas a mano sin una sola corrección: cada frase, perfecta. Nuestra fanática correspondencia no era como lo que hoy se entiende por comunicación. Ahora el mundo es visual; la gente usa mensajes breves, bruscos, va directa al grano. Cuando escribo, trato de invocar a mi madre; ella era cuidadosa en la elección de las palabras, deseaba elegancia, originalidad, ironía. ¡Qué falta me hace su lápiz rojo!
Al cabo de casi medio siglo escribiendo ficción, he aprendido algo sobre mí misma, pues cada libro es un viaje a la memoria y al alma, un ejercicio de introspección. Ahora conozco mis limitaciones y perdono más fácilmente mis errores, porque les he tomado algo de cariño a mis viejos defectos. La edad no me ha hecho más sabia o calmada, tampoco me ha hecho más amable o menos propensa a enamorarme, pero me ha dado una discreta felicidad cuando menos la esperaba. No me asusta el dolor, porque soy más fuerte de lo que parezco, o la muerte, porque la he visto de cerca y no es un esqueleto armado de una guadaña, sino una dama bondadosa que huele a gardenias y que me está esperando sentada en mi jardín. Solo temo el momento en que ya no pueda escribir. He aceptado finalmente que tengo muy poco control sobre lo que me sucede, así que vivo relajada, día a día. Eso me da una libertad que no poseía cuando era joven. Me gusta la vida que he tenido y solo lamento el dolor que puedo haber causado a otros. Si volviera a comenzar, recorrería más o menos el mismo camino y, sin duda, daría las mismas batallas, especialmente contra el patriarcado, que han sido muy divertidas. Eso sí: empezaría a escribir mucho antes.
Una mente retorcida
Para mí la escritura no es una opción, es una adicción. Podría expresarlo de forma más elocuente y decir que se trata de un intento de darle sentido a la confusión de la vida y de preservar la memoria, pero la verdad es que, si no escribo, se me seca el alma. Por eso he escrito tantos libros: no puedo parar de hacerlo. En los caminos que he recorrido van quedando los recuerdos, que con el tiempo desaparecen. Lo que no escribo se lo lleva el viento.
El pasado remoto, ese lugar sagrado de la inspiración: la casa de mis abuelos donde crecí, el idioma español con acento chileno de mi infancia, las extraordinarias mujeres que me criaron, mi abuela clarividente, mi madre con su amor fiero y su mente brillante, las viejas empleadas con quienes escuchaba radionovelas en la cocina. Mi infancia no fue feliz, fue un tiempo de inseguridad y temores, como es el caso de la mayoría de los niños en el mundo, pero tuve el refugio fabuloso de los libros. Los hermanos solteros de mi madre también vivían bajo el techo de mis abuelos. El tío Pablo era un ratón de biblioteca, coleccionaba libros y lo recuerdo siempre leyendo, incluso en la mesa. Me enseñó a leer cuando era muy chica y me regaló mi primer libro: hadas escandinavas, nieve y hielo. Mi otro tío, Marcos, se divertía torturándonos a mis hermanos y a mí con sus «juegos bruscos», como los llamaba. Por ejemplo, me colgaba cabeza abajo sobre el excusado y amenazaba con tirar de la cadena. Vuelvo a esos años una y otra vez. Estoy leyendo escondida debajo de la escalera de esa casa grande, sombría, cruzada de corrientes de aire. Mi madre padece una de sus terribles migrañas y me encuentro al lado de su cama rezando para que Dios alivie su dolor. Es de noche, está muy oscuro, y el Diablo me observa desde el espejo del armario. ¡Qué material fabuloso! Me pregunto cómo se las arreglan para escribir los autores que tuvieron una infancia feliz.
En la década de 1960, descubrí con mis colegas periodistas el poder de la palabra escrita. Aprendí que la escritura no es un fin en sí misma, es un medio de comunicación. Nunca lo he olvidado. No escribo para mí, escribo para mis lectores. Mis libros no se gestan en la mente, crecen en mi barriga; no escojo los temas, ellos me escogen a mí. Creo que las historias y los personajes existen en otra dimensión, donde esperan a que alguien los traiga al mundo.
He tenido un destino digno de una novela y he vivido sin miedo a los riesgos, eso me ha dado suficientes experiencias que pueden servirme de inspiración para siempre. En general, la vida tiene algunos momentos luminosos y otros muy oscuros, pero el tiempo entremedio es gris y no deja huella. Afortunadamente, a mí me ha ocurrido mucho de bueno y de malo: éxito inesperado y amor siempre, también muerte, pérdidas, separaciones y lágrimas. Hay muy poco de gris en mi vida. No me puedo quejar, todo eso es la sal de mi existencia y el material para mis libros. En una novela cada acción tiene consecuencias, todo está interconectado, nada resulta casual, los círculos se cierran, hay comienzo y final. En la vida real hay más que nada desorden y confusión, pero he vivido lo suficiente como para aceptarlos de buen humor. Al pensar en mi pasado, lo hago con una sonrisa y en términos hiperbólicos.
Cuando mis tres nietos eran chicos, me veían siempre trabajando en la computadora o enfrascada en un libro y creían que yo estaba castigada. No entendían por qué la abuela no vivía como todo el mundo y concluyeron que tenía una mente retorcida. De más está aclarar que nunca fui una abuela convencional, no horneaba galletas ni tejía calcetas, pero les contaba cuentos. Les pedía que me dieran los ingredientes y ellos me desafiaban proponiendo cada uno algo lo más disímil posible, como una sirena, una máquina fotográfica y un hongo. Mi tarea consistía en entregarles, en diez segundos o menos, un cuento que tuviera esos tres elementos. Para hacerlo, recurría al archivo de argumentos posibles que tengo en la cabeza, los barajaba en un instante y producía un hongo venenoso que crece en las orillas del Mar de los Piratas y que reduce de tamaño todo lo que toca. Un turista estaba durmiendo en la playa cuando su cámara rozó el hongo y de inmediato esta se encogió al tamaño de una pulga. Una sirena -y sabemos que las sirenas son tan pequeñas que casi no se ven- encontró la cámara y se la colgó al cuello. En ese momento el turista dio un tremendo bostezo y se tragó a la sirena. El resto del cuento es predecible: la sirenita inició un viaje peligroso dentro del sistema digestivo del hombre fotografiando pólipos, úlceras, comida masticada, ácido gástrico, vesícula, intestinos y colon. Al final salió a la luz por el otro extremo, terriblemente embadurnada, y corrió a lavarse en el mar. Mis nietos han crecido, sus estudios los han conducido a lejanos lugares y han hecho sus propias vidas, pero no han olvidado a la sirenita en la caca y otros cuentos asquerosos o terroríficos.
Al contar historias para adultos, nada me gusta más que armar el argumento con varias personas, temas o eventos que andan flotando por ahí, conectarlos y darles sentido. Escribo porque me encanta y porque es lo único que sé hacer. Deseo saber lo que sucedió, a quién, por qué y dónde. Quiero preservar cada historia humana, contarla y volver a contarla.
El incalculable poder de la narrativa
Friedrich Nietzsche dijo que, si le daban una hoja de papel y algo para escribir, podía poner el mundo al revés. Eso suena un poco exagerado, pero el hombre era consciente del poder de la narración. Las historias juegan un papel fundamental en nuestras vidas y en la sociedad; le dan forma a nuestra realidad, nos definen como individuos, quiénes somos, qué hacemos, cómo nos relacionamos unos con otros y la idea que tenemos de nosotros mismos y que otros tienen de nosotros. La historia es un cuento que hemos acordado considerar verdadero. Cada país, cada grupo humano, posee su propia narrativa que lo define y lo impulsa, explica sus orígenes, provee unidad, carácter y sentido de identidad. Estas poderosas narrativas determinan el curso de una nación, conducen a la guerra, influyen en la economía y en las leyes. Las religiones son relatos de gente escogida, mensajes divinos, exclusión: nosotros y ellos. Todos los imperios crean su historia heroica: el deber mesiánico de imponer sus ideas y su forma de vida a otros y de civilizar a pueblos inferiores, pero omiten las razones económicas, la explotación y la violencia. La narrativa de una raza superior justificó la esclavitud; la ideología nazi causó el Holocausto. La teoría -fábula, en este caso- de que inmigrantes y refugiados están reemplazando a los descendientes de europeos alimenta el odio, la violencia y el racismo en muchos países occidentales. Los líderes populistas manipulan las emociones negativas, como el miedo, el resentimiento y la venganza, para movilizar a las masas con una historia de justicia. Verdadera o falsa, no importa. La narrativa prevalece.
Según William Gordon, mi segundo marido, un abogado litigante ha de ser un buen contador de historias. Cada caso es una historia y cada cliente es un personaje en ella. Cuando Willie iba a los tribunales, sabía que para convencer a los miembros de un jurado no bastaban hechos y pruebas, tenía que seducirlos con un relato irresistible. Su elocuencia debía ser mesurada para no parecer arrogante y enemistarse con el juez, cuyo favor también debía ganar. El abogado/narrador goza de mucho poder. La sentencia del juez puede ser liviana o severa, según la habilidad del abogado, y a veces esa habilidad puede suponer la diferencia entre una sentencia de vida o de muerte.
Podemos concluir que quienes controlan la narrativa o cuentan la historia tienen poder. Esto es obvio en la política, en los medios de comunicación y en muchos otros aspectos de la sociedad, como el arte. Por ejemplo, el cine ha influido de manera decisiva en la idea que los americanos tienen de sí mismos y que el mundo tiene de ellos. Con escasas excepciones, la literatura carece de ese poder, porque su alcance es mucho más limitado. Millones de personas ven películas, pero relativamente pocas leen libros. En la actualidad, las redes sociales contribuyen en extremo a la narrativa común con historias fugaces que varían día a día.
Para cambiar las acciones de un grupo, la narrativa debe cambiar. Este es también el caso a un nivel personal. Hemos creado una historia sobre nosotros mismos, que creemos verdadera, la repetimos, la pulimos, guía nuestra conducta y determina cómo percibimos el mundo y nuestro lugar en él. He tenido que empezar de cero más de una vez en mi largo camino, y en cada ocasión he ajustado el relato. Me presento, me explico, y un nuevo yo surge. Ese relato le da coherencia a la persona que soy. Sin embargo, el hecho que escojo y cómo lo voy a contar, qué voy a destacar y qué voy a omitir, es una forma de ficción. ¿Cuánto es verdad y cuánto he inventado? He estado en terapia varias veces y la manera en que le cuento mi historia al terapeuta ha ido cambiando. Para empezar, ya no me concentro en lo malo y lo oscuro. Deseo claridad, luz. Por el simple hecho de seleccionar los adjetivos para contar mi pasado, he creado un relato positivo, a pesar de las pérdidas y las penas.
A menudo me llegan correos de lectores que comparten conmigo sus vidas desdichadas o complicadas. Me piden consejo y en algunos casos estoy tentada de responderles que empiecen por darle un giro positivo a su historia personal, pero eso requiere conciencia, determinación y ayuda. Es muy difícil hacerlo solo. Otros lectores me dicen que mis libros les dan coraje o esperanza. Creo que esa gente encuentra en mis páginas lo que ya tienen dentro, pero no lo han articulado todavía. Eso me ha ocurrido algunas veces. En mi juventud, cuando leí La mujer eunuco, de Germaine Greer, pensé que la autora me había cambiado la vida, pero en realidad solo me dio un lenguaje y buenos argumentos para expresar lo que sentía desde niña. El libro de Greer me ayudó a cambiar mi narrativa. Aprendí a canalizar mi rabia contra el patriarcado en una vida de orgulloso feminismo.
Nunca intento transmitir un mensaje en una novela porque la arruinaría, eso lo reservo para los libros de no ficción que he escrito y mis presentaciones públicas. No necesito machacar ideología feminista a mis lectoras, basta con presentar protagonistas femeninas fuertes; tampoco tengo que plantear mi posición política o filosófica, porque cualquiera la adivina entre líneas. En una novela simplemente deseo compartir una historia que me interesa o me conmueve. Tal vez en ese compartir reside el poder de la ficción: nos acerca. Una buena novela puede llevarnos a pensar en algo que jamás habíamos contemplado, picarnos la curiosidad, hacernos cambiar de opinión, vencer prejuicios arraigados, vivir otras vidas. La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, publicada en 1852, logró más impacto en la lucha contra la esclavitud que los movimientos abolicionistas. El trágico destino de Tom, un personaje de ficción, sacudió la conciencia del país y para millones de lectores la esclavitud dejó de ser algo abstracto y se convirtió en una vergonzosa y horrible realidad, el pecado mortal de la nación. ¿Pudo la autora haber imaginado el efecto que su libro tendría? Es probable que no. Una novela tiene vida propia, el autor o la autora no puede controlar la forma en que será recibida. Yo la visualizo como una nota en una botella lanzada al mar. ¿Qué orillas alcanzará? ¿Quién encontrará la botella y leerá la nota?
Los temas fundamentales del amor y el dolor, siempre presentes en la literatura, son comunes a todos nosotros. La literatura nos ayuda a entender que las similitudes que nos unen son muchas más que las diferencias que nos separan. Tal vez si leyéramos más, habría menos desconfianza y nos llevaríamos mejor en este mundo.
Dicen que la ficción está en vías de extinción. No lo creo. Hoy hay más gente que lee ficción que antes. Es posible que el soporte cambie, de hecho, ya se publican las historias en formato digital y en audio, se adaptan para cine, televisión y teatro; espero que en un futuro cercano nos implanten un chip detrás de la oreja y podamos asimilar una novela en pocas horas mientras dormimos. Cualquiera que sea la forma, el contenido siempre existirá. Necesitamos historias, por eso me gusta tanto este oficio de narradora.
El impulso para este libro sobre la escritura se originó en el verano de 2024 a raíz de un proyecto de BBC Maestro para filmar un curso con el sugerente título de Magical Storytelling, que podríamos traducir como «Narración Mágica». Pasé cinco días frente a varias cámaras tratando de darle algo de orden a mi trabajo. Supongo que hay tantos métodos como escritores, pero yo he aprendido solo con la práctica y con la tenacidad de un camello, palabra a palabra, un erroг tras otro, año tras año con mucho café. Mi mente no tiene estructura, es enredada como un plato de tallarines, pero el equipo de la BBC me pidió que ordenara mi parloteo en veinte lecciones, lo cual me obligó a pensar en el tema de cada una. Fue un estupendo ejercicio para mí; en esos intensos cinco días descubrí que hay una lógica instintiva en mi locura y que eso se puede explicar. Me refiero a mi escritura, no necesariamente a mi locura.
Trucos para la escritura
Este primer capítulo es una introducción al placer de contar. Le escuché decir a la escritora norteamericana Elizabeth Gilbert que no podemos esperar que la escritura nos dé fama o dinero, escribimos porque amamos el proceso. Yo agregaría que tampoco podemos esperar ser publicados. Hagámoslo no más.
Para bien o para mal, la narrativa define la realidad. La palabra escrita tiene mucho poder, pero es mejor no pensar en eso, porque atemoriza. Muy pocas obras de ficción pueden producir un cambio importante. No controlamos el impacto de nuestro libro, si es que lo tiene.
Me llegan centenares de correos de amables lectores que intentan escribir una novela «para ayudar a otros». No lo hagas, limítate a contar la historia. Reserva el mensaje para la no ficción. Nunca uses la ficción como un medio para predicar a los lectores.
Si no sabes por dónde empezar, te sugiero que escribas sobre lo que conoces: tu familia, tu propia vida, tu pueblo. Comienza en terreno conocido.
Relájate. Goza el proceso. Piensa que la escritura es como bailar, sigue el ritmo, suéltate. No es como levantar pesas en el gimnasio. El truco es menos esfuerzo y más placer.